La mayoría de las crisis familiares requieren el apoyo y sacrificio de todos sus miembros, incluso de los hijos adolescentes, en cuanto a colaboración, tolerancia, entrega, dedicación, paciencia, esfuerzo extra y, a veces, hasta la privación de ciertas comodidades en aras de superar las vicisitudes inesperadas.
Si un integrante de la familia está enfermo, decaído, desempleado o financieramente comprometido, el resto de la familia deberá prestarle su disposición de apoyarlo, compartiendo emocionalmente esos momentos críticos, ofreciendo tiempo, comprensión, escuchándolo, siendo solidario, con palabras de aliento y motivación, un abrazo. Se supone que la excepción para que un hijo se mantenga al margen de la crisis será cuando se trate de problemas maritales, salvo que haya abuso o violencia.
Cuando se trata de problemas financieros todos deberán privarse de alguna satisfacción secundaria, postergable y que implique gastos inaceptables durante los períodos difíciles.
Si la crisis se debe a una enfermedad grave o muerte de un ser querido, lo prudente es ayudar propiciando un ambiente tranquilo, sin presiones, música estridente y mucho menos festejos. Compartir el dolor de los afectados es saludable y alivia. Hay que saber escuchar y alentar al desahogo.
Apoyo familiar significa colaborar aportando para los gastos y evitando aquellos superfluos, trabajando extra en caso necesario y ahorrando. Apoyar a la familia implica ceder las posiciones individuales y personalistas, para fomentar aquellas que son colectivas. Lo que importa es el beneficio de la mayoría, no el personal. Entendamos que el apoyo no sólo es monetario, sino que también implica la solidaridad, el asesoramiento y el tiempo que se dedica.
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