jueves, 18 de agosto de 2016

Solidaridad: No es sólo un asunto de pobreza

Tradicionalmente se ha entendido la solidaridad como una actitud de colaboración frente a la adversidad de otros. Es más, la Real Academia Española la define como “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. No obstante, en nuestro país algunas mediciones recientes la han reducido básicamente a la entrega de donaciones materiales y económicas a grupos sociales desfavorecidos.

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“Según el estudio Radiografía de la Solidaridad en Chile e Índice de Solidaridad de MIDE UC del año 2012, los chilenos responsabilizábamos al origen del estado de pobreza simétricamente a factores internos, como por ejemplo señalando que ´los pobres son flojos´, ´malgastan el dinero´, o ´nacieron pobres y seguirán siendo pobres´; y a factores externos, responsabilizando al entorno de las causas de la pobreza: son pobres porque ´reciben malos sueldos´, ´no reciben educación de calidad´, etc. Hasta este momento nos hemos vinculado al ámbito de la solidaridad exclusivamente considerando la pobreza material o desde la perspectiva del ingreso. Sin embargo, la solidaridad es un fenómeno mucho más complejo y multidimensional, que empíricamente involucra mucho más elementos que la pobreza o la carencia, y que resulta fundamental para generar ciudades y sociedades más sostenibles”, explica el secretario de estudios de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad del Pacífico de la Sede Melipilla, Christian Quinteros Flores.

 

El experto agrega que las manifestaciones de solidaridad se debieran dar no solo en condiciones de pobreza material, sino también en otros ámbitos de la convivencia social. “Mirar la solidaridad desde una perspectiva económica es reducir el verdadero alcance del concepto. Aplicarlo a otras dimensiones de la convivencia ciudadana resulta decisivo al momento de construir sociedades más justas e inclusivas, pues su práctica permite un salto cualitativo hacia sociedades más cohesionadas y sustentables”, afirma el trabajador social.

 

Pero, ¿en qué otras áreas podríamos ser solidarios? “Por ejemplo, si se entiende que es una adhesión circunstancial a las causa de otros, podríamos encontrarnos con manifestaciones de solidaridad frente a los crecientes riesgos que se generan en el espacio urbano, demostrando prácticas ciudadanas de mayor tolerancia frente a la construcción de nuevos complejos habitacionales con inclusión de viviendas de interés social, o aceptando la instalación de vertederos en zonas próximas a nuestros espacios habitacionales, evitando que se concentren solo en áreas geográficas estigmatizadas, pues nadie quiere tener un vertedero cerca de su casa. Esto es sin duda una buena oportunidad para ser solidario con el otro en su circunstancia”, añade.

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Otro ejemplo que expone el profesional de la Universidad del Pacífico se relaciona con la solidaridad intergeneracional. “Ocurre hoy con el tema de los sistemas de pensiones o los sistemas de protección social. Nuestra población económicamente activa disminuye y deberá soportar las cargas de las crecientes poblaciones pasivas. Es un nuevo desafío a la solidaridad o incluso a la convivencia entre distintas generaciones, al aumentar la población de adultos mayores. O manifestaciones de solidaridad frente a efectos del cambio climático y la preservación del ecosistema, etc. Sabemos que las formas en que una sociedad se desarrolla tienen que ver con las pautas de conducta validadas y sancionadas por la mayoría y qué bien sería que la mayoría practicara causas solidarias o de adhesión circunstancial a las causas de otros. Hasta el momento, creo que hemos estado en presencia de la ´monetarización´ de la solidaridad, que ciertamente nos impide dimensionar la complejidad de la problemática”, advierte.

 

Agenda de futuro

 

En este mismo escenario, el experto de la escuela de Trabajo Social de la Universidad del Pacífico hace referencia a la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, aprobada en la Cumbre para el Desarrollo Sostenible que se llevó a cabo en septiembre de 2015. Allí, los Estados Miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobaron dicha Agenda que incluye un conjunto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático.

 

“Los Objetivos de Desarrollo Sostenible apuntan a una serie de áreas, incluida la reducción de la pobreza, el hambre, las enfermedades, la desigualdad de género y el acceso al agua y saneamiento. Los nuevos objetivos mundiales y la agenda para el desarrollo sostenible van mucho más allá de los ODM, abordando las causas fundamentales de la pobreza y la necesidad universal de desarrollo que funcione para todas las personas. Algunas aspiraciones de la agenda 2030 suponen formar ciudadanos de paz, basados en la prosperidad y bienestar, y en la preservación de nuestro planeta”, señala el académico.

 

Sin ir más lejos, un objetivo de la agenda es “Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo”. “Este objetivo, que busca erradicar la pobreza en todas sus formas, sigue siendo uno de los principales desafíos que enfrenta la humanidad. Si bien la cantidad de personas que vive en extrema pobreza disminuyó en más del 50% a nivel mundial (de 1.900 millones en 1990 a 836 millones en 2015), más de 800 millones de personas aún viven con menos de US$1,25 al día y muchos carecen de acceso a alimentos, agua potable y saneamiento adecuados”, plantea Christian Quinteros.

 

Otro objetivo de la agenda es “Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible”. “En efecto, debido al rápido crecimiento económico y al aumento de la productividad agrícola en las últimas dos décadas, la proporción de personas desnutridas disminuyó casi a la mitad. Muchos países en desarrollo que sufrían hambrunas están ahora en condiciones de satisfacer las necesidades nutricionales de los más vulnerables. ¿No correspondería a las grandes potencias y a sus Estados actuar solidariamente en esta materia y generar fuentes productivas y alimentarias sin contaminantes que pongan en riesgo la salud de la población?”, se pregunta el trabajador social.

 

Considerando que más de la mitad de la población mundial vive hoy en zonas urbanas, también se planteó la meta de “Conseguir que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. “En 2050, esa cifra habrá aumentado a 6.500 millones de personas, dos tercios de la humanidad. No es posible lograr un desarrollo sostenible sin transformar radicalmente la forma en que construimos y administramos los espacios urbanos. El rápido crecimiento de las urbes en el mundo en desarrollo, en conjunto con el aumento de la migración del campo a la ciudad, ha provocado un incremento explosivo de las megaurbes. En esta materia, ¿no debiéramos ser solidarios con el otro pensando en generar distribuciones del suelo más equitativas, mejorando los canales de conexión urbanos rurales, generando mayor accesibilidad a ciudades más expandidas e incluso contribuir a disminuir los niveles de contaminación de gases por uso de combustibles? Mejorar la seguridad y la sostenibilidad de las ciudades implica garantizar el acceso a viviendas seguras y asequibles y el mejoramiento de los asentamientos marginales. Esto también es solidaridad, incluyendo inversiones en transporte público, en áreas públicas verdes y en mejoras a la planificación y gestión urbana de manera que sea participativa e inclusiva”, señala Quinteros.

 

El académico de la Universidad del Pacífico finaliza comentando que “las actitudes y conductas solidarias sistemáticas nos ayudarán a promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitando el acceso democrático a la justicia en distintos niveles, y la gobernabilidad efectiva para el desarrollo sostenible”, concluye.

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