Cuando se decide comenzar nuevamente y escogemos una pareja para compartir parte de nuestra vida, debemos dejar claro a nuestros hijos que no estamos sustituyendo ni el amor ni la figura que la madre o el padre le corresponde por naturaleza. La reacción de los niños dependerá de la edad y del grado de madurez adquirido luego de la separación de sus padres.
No debe existir presión alguna, es difícil que el o los niños sientan conexión inmediata con la pareja de su padre, y aunque un poco más fácil tampoco es inmediato el vínculo que la nueva pareja pueda generar con el o los niños. “Para que estas nuevas relaciones y vínculos tengan un buen inicio y desarrollo se necesita una gran dosis de paciencia, comprensión y comunicación, así como un tiempo adecuado para que todas las partes puedan elaborar sus fantasías y temores. Sólo después de haber hecho un cierto recorrido podrán valorarse los efectos de la nueva situación”. Señala la psicóloga Lourdes Mantilla Fernández.
Desde niños estamos acostumbrados a ver la figura de “la madrastra” de forma malévola o ruin, es a través de los cuentos o historietas que esta imagen se ha creado en nuestra biblioteca mental. Toca entonces rehacer la tipología de estos personajes, situación un tanto compleja cuando las intenciones de terceros (en muchos casos la ex pareja) no son nada positivas. Aunado a esto en muchos casos los niños suelen ver en la pareja de sus padres un rival o posible sustituto, hay que tener mucha paciencia y no cometer el error de presionar para que la acepte, simplemente hay que ir amoldando las situaciones.
Los mayores deben entender que, al principio, los niños pueden rechazar a la nueva figura, cuestionando sus atribuciones y la autoridad que se le pretende otorgar. Los niños, inconscientemente, perciben a la nueva pareja de sus padres como un rival o presunto sustituto. No hay que caer en la trampa de sus provocaciones ni presionarles para que le acepten rápidamente.
Tampoco debe olvidarse que a los pequeños este cambio puede hacerles sufrir y les provoca cierta inseguridad ya que se confirma para ellos la pérdida de sus padres biológicos como pareja.
Es conveniente diferenciar los roles de cada uno de los implicados. No se trata de ponerse en el lugar del padre o la madre ya que nunca podrán ser del todo sustituidos. Es preferible tratar de potenciar y aceptar la relación con el progenitor que no vive con él, ya que tiene un lugar incuestionable dentro de su psiquismo.
Las decisiones más importantes sobre la educación del hijo deberían ser tomadas por el padre y la madre aunque estén separados, lo que no excluye que se le deba hacer entender que ha de cumplir las normas de la nueva familia.
El niño debe poder elegir el tipo de relación que desea o puede mantener con la nueva pareja de su padre o madre. Por tanto, no hay que imponerle que le llame "papá" o "mamá", ni criticarle si se dirige a él por su propio nombre.
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